sábado, 30 de junio de 2018

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Cómo superar un gran amor.



Si hay algo en este mundo que nos da total plenitud y felicidad, es el amor. Y cuando iniciamos una relación, es inevitable llenarnos de ilusiones, magia y fantasía. Todo lo vemos de


color rosa y pensamos que la vida no puede ser más bella y perfecta. Incluso es tanta la felicidad que sentimos, que nadie puede empañarla. No pensamos ni por un momento en las dificultades, obstáculos y límites que se nos pueden presentar en el camino, mucho menos cómo vamos a enfrentarlos, porque ilusamente creemos que no se van a dar, que a un amor tan perfecto no le podría pasar algo doloroso o triste.

Pero el amor no siempre es eterno y con finales felices y cuando menos lo imaginamos, despertamos de ese hermoso y mágico sueño que creímos realidad. Caemos dolorosamente y sin piedad del pedestal más alto, mientras que la decepción hace su entrada triunfal. Y lo único cierto es que cuando una relación de un gran amor termina, a una de las partes le toca sufrir más, y es tanto el dolor que se aferran a ese amor fracasado con tal persistencia que, incluso, una vida entera no les alcanza para superarlo.

Amamos con tanta intensidad que nos entregamos plenamente sin límites ni condiciones. Por lo profundo de nuestros sentimientos, nos duele tanto el desamor como el adiós. Nos resulta muy difícil superarlo, dar vuelta a la página y comenzar un nuevo capítulo en nuestra vida porque nos duele que esa persona a la que entregamos nuestro corazón no nos haya sabido valorar como merecemos o se le haya terminado el amor.  Enviudamos sin que se nos haya muerto nadie, y, con las heridas abiertas, recordamos día a día los detalles de ese amor, como si los sucesos hubiesen ocurrido ayer. Clavados en un duelo no resuelto, mantenemos un luto eterno que nos impide respirar aire fresco y despejar la nostalgia. Aferrados a una relación amorosa que hace rato ya murió, somos incapaces de dar vuelta la hoja para vivir el presente y el futuro. 

A pesar de nosotros mismos, nos quedamos pegados emocionalmente en el pasado.
Quizá simplemente sea nuestro ego obstinado que se niega a admitir una derrota. Nos cuesta tolerar que las cosas no salgan de acuerdo a lo planeado o quedamos atragantados con tantas palabras y sentimientos que nunca lograron ser expresados... 
Es difícil soportar que el otro viva feliz sin nosotros, y menos aún, aceptar que tal vez desaparecimos de su vida sin dejar rastro. También puede ser un exceso de lealtad a una historia vivida con intensidad o simple rebeldía frente a una pérdida lamentable, o una forma particular de hacerle un homenaje a quien se quedó con nuestras ilusiones. O quizás sean profundas añoranzas de los buenos momentos, o expectativas falsas a las cuales seguimos apegados, o un extraño sentimiento por todos los sueños que se nos desmoronaron, o un temor incontrolable a la incertidumbre.

Es cierto que la desilusión amorosa cada persona la vive a su manera, también lo es que manejar el dolor de una ruptura conlleva un proceso que hay que atravesar cuando se sufre la pérdida de alguien a quien amamos. Pero la verdad es que también en ese proceso una parte de nosotros muere, cambia totalmente y nunca volvemos a ser los mismos. Mueren tantos sueños, tantos planes e ilusiones, mueren tantas sonrisas que llegaron a ser tan cotidianas, muere el anhelo de vivir un amor que pensamos que iba a ser duradero, muere ese brillo que iluminaba nuestros ojos, muere esa parte de nosotros que gracias a ese amor nos hacía ser una mejor persona, mueren las ganas de volver a enamorarnos, y a veces, por un período de tiempo, tristemente pueden


morir hasta nuestras ganas de vivir.
Nos sumimos en una profunda depresión de la cual al principio nos parece inalcanzable salir de ella...
Hasta que aparece el proceso de duelo...¡Sí, de duelo! Porque al final no sólo perdemos una relación y una persona amada, también dejamos atrás una parte de nosotros.
La primera etapa del duelo es la negación en donde no podemos o es muy difícil aceptar que la relación terminó e incluso alberga la esperanza de que todo vuelva a ser igual. Lo seguís esperando. Lo seguís pensando. Seguís leyendo conversaciones viejas...Pero una vez que aceptamos el hecho de que, lamentablemente,  nada va a ser igual, nos llega la ira, el resentimiento, el famoso "¿por qué a mí?", y es que parece todo tan injusto...Lloramos hasta que, sin darnos cuenta, entramos en esa etapa en que se nos da por negociar, hacemos mil promesas (normalmente mentales que pueden ser a un ser superior o a nosotros mismos) en donde la finalidad es tratar de salvar lo perdido. No lograda esa negociación, caemos en depresión, en donde todo es tan negativo, todo nos parece gris, no queremos ver a nadie, perdemos el apetito otra vez, perdemos las fuerzas de seguir adelante..Esta es la etapa más difícil de superar en el duelo. Cuando finalmente tocamos fondo, cuando vemos que no hay vuelta atrás, que ya no hay solución, entramos en la etapa de aceptación, que es la etapa final del proceso. En este momento es donde la lucha termina y una pequeña luz llega a nosotros. Llega con ella un poco de paz y comprensión que nos vuelve a la realidad de los hechos y nos impulsa a continuar con nuestra vida.

No siempre se viven todas las etapas, o incluso si se viven pueden no suceder en ese orden, y lo peor es que se puede volver a recaer en alguna de ellas.
Este proceso de duelo puede convertirse en un renacer y para eso tendrás que concederte tiempo, no reprimir las lágrimas, dejar estallar la ira y hacerte responsable, que no es lo mismo que culparse de la participación que


tuviste en la ruptura. En primer lugar, hay que concederse tiempo. Con frecuencia, las personas cercanas aconsejan pasar página rápidamente. Sin embargo, una ruptura requiere una digestión lenta. Se perdió a la persona en la que se tenían puestos ideales, sueños, proyectos. Estamos obligados a una readaptación, ya que después de este proceso muchas cosas cambian en nuestra vida.

Cuando se ama y se es amado, se alimenta la autoestima. Cuando vivimos en pareja, nos abrimos al otro, damos y recibimos. La pareja y la relación ocupan un espacio que se derrumba con la ruptura, sobre todo para aquellas personas que sólo se veían en el espejo que el otro les proporcionaba. Después de una desilusión amorosa, no sólo cambia la forma en que vemos la pareja, sino también cómo nos apreciamos a nosotros mismos sin ella. 
Algo que conviene no reprimir son las lágrimas. Cuando se vive un terremoto interno, los afectos se desbordan y la pérdida del otro levanta olas de dolor. Es necesario expresar lo que se siente. Reprimir el dolor implica anestesiarse y no poder elaborar psicológicamente lo que nos está pasando.

Así que una vez desahogados los sentimientos, empezá por reconstruir tu autoestima nuevamente, porque es el ingrediente principal que se necesita para continuar. Necesitamos volver a creer, enamorarnos y valorarnos nosotros mismos, darnos cuenta que el mundo sigue girando, que la vida continúa, que allá afuera hay muchas personas que nos aman y nos necesitan. Necesitamos darnos cuenta que el sol sigue brillando cada día, que tal vez perdimos un amor, pero todavía tenemos la pasión de lo que nos gusta hacer, que todavía existe alguien que se puede enamorar de nuestra sonrisa y, mejor aún, conquistarnos con la suya. 

Vas a volver a sentir miedo y es normal. Miedo de no volver a amar, pero también miedo de volver a hacerlo. Se teme lo peor y lo mejor. Pero no te preocupes, estos miedos sólo son una señal de que la historia anterior se está cerrando y que el futuro se abre.

Va a llegar el momento en que pienses en el pasado con nostalgia y te vas a dar cuenta que esa aventura, aunque fue muy bella, no implica tirar al bote de la basura lo que nos constituye: nuestras elecciones, sueños y deseos.
Sé que es muy difícil recoger pedazo por pedazo y volver a unir las piezas, porque alguna se puede perder y quizá no la encontremos nunca, pero quién dice que aún con nuestras grietas no podemos ser mejores, más fuertes y tener un futuro que brille.
Secá las lágrimas que aún quedan en tus ojos. Dejá de vivir agonizando. Sepultá las ilusiones sin destino. Despedite de ese amor ya marchito. Volvé a mirar hacia adelante. Enterrá ese amor y dejalo descansar en paz.
El amor es una guerra en donde nadie sale ileso, es por eso que amar es


para valientes. Así que como buena valiente, sentite orgullosa de haber sobrevivido y seguir luchando cada día por ese bello sentimiento que también te llena de vida.

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