miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ella


—Háblame de ella.
—¿De quién?
—De la chica por la que escribes

Me quedé pensando unos segundos. Que le hablase de ella... de ella... no sé si podría hacerlo. ¿Existían palabras?, ¿adjetivos? No, imposible, no existían ni palabras ni adjetivos para hablar de ella, pero podía intentarlo. Cerré los ojos.

—Ella... era como un atardecer en otoño, con una suave brisa, y con esa luz... esa luz que parece que dure años. Esa luz que parece magia. Estás feliz, y no sabes muy bien por qué, pero tampoco te importa. Eres feliz. Y estás ahí, quieto, y no desearías estar en alguna otra parte. El tiempo parece que se detiene. El mundo parece que desaparezca. Y tú, ya no eres tú, formas parte de ese instante. Eres ese instante, mirando como el sol muere tras las montañas, y te es imposible dejar de sonreír como un gilipollas, porque sientes que no necesitas nada más, que podrías vivir del aire. Te sientes tan libre que incluso podrías llorar. No importa nada. Nada. No existe el dolor o la tristeza. No sabes qué es eso, lo has olvidado completamente. Sólo sientes gratitud. Apenas parpadeas. Todo es tan bonito. Tan... de otro mundo. Pero sigue siendo el mismo mundo. Y eso es lo más maravilloso.

Abrí los ojos … me miraba en silencio. Yo sonreí.

—Ella era como un atardecer. —dijo.
—Ella era un atardecer. Igual de precioso. Igual de mágico. Parecía no ser de este mundo.
—Pero lo era.

—Y eso es lo que la hacía realmente hermosa.
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